Todos sus ayeres / Carlos Delgado Mayordomo

 

El tiempo no está fuera de nosotros, ni es algo que pasa frente a nuestros ojos como las manecillas del reloj: nosotros somos el tiempo y no son los años sino nosotros los que pasamos.

Octavio Paz

 

Frente a la escenificación pictoricista y el tenso ritmo temporal de Gran Dilema (After Destroyed Room), el conjunto de videos que configuran El camino más largo poseen la sencillez y transparencia de la documentación de una performance. De hecho, son el registro de una serie de ejercicios desarrollados dentro del estudio de trabajo del autor, a medio camino entre simples desplazamientos físicos y aparatosos movimientos equilibristas. Como si de un reto se tratase, la única condición que el autor se autoimpone es la de no pisar el suelo durante sus extraños recorridos que le llevan de un rincón a otro de la casa. De este modo, lo que sería un tránsito sencillo se traduce en un ejercicio físico de superación en lo que, en última instancia, sería la metáfora de una huida constante hacia el extremo de las cosas.

Otro importante salto formal, más vinculado ahora con la estética cinematográfica contemporánea, se da en la obra Slide, realizada junto a la artista Ana Esteve Reig. En esta ocasión, el fracaso de la utopía como proyección idealizada del devenir de la historia es abordado en relación con el complejo ciclo vital que supone la adolescencia y el paso a la madurez. El túnel subterráneo que atraviesa el imponente conjunto arquitectónico de la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela es el escenario por donde transitan un grupo de skaters entre 18 y 25 años, que siguen ritos, vestuarios y modos de comportamiento endogrupales. Así, institución y periferia se unen en una ficción que reflexiona sobre la incertidumbre como único modo de gestionar el avance hacia el futuro. En este sentido, el video parte de la compleja interacción entre un lugar concreto (el polémico e inacabado conjunto de la Cidade da Cultura) y un sector social muy determinado (los skaters) para poner el acento en la necesidad de crear nuevas utopías que no procedan de sueños privados sino de deseos colectivos.

La narratividad de Slide queda colapsada a través de la compleja mezcla de imágenes abstractas, motivos referenciales, espacios vacíos, sonido mecánico y voz humana que configura Ceci n’est pas un rêve. Más allá de la literalidad del núcleo temático, la ausencia, la obra resulta ciertamente audaz en la configuración de múltiples asociaciones de diverso alcance: melancolía, espera, duelo, extrañeza, dolor; conceptos que atraviesan con un ritmo sincopado, marcado por el propio montaje, los breves pero intensos cuatro minutos de duración del video.

Esta perspectiva poliédrica en el hacer y su habilidad para no posicionarse en una máxima estética de funcionamiento operacional explica la presencia de una obra tan sorprendente como La ceremonia. Bajo la conocida impronta de un video de boda de encargo se esconde una compleja elaboración audiovisual en la que el artista ha venido trabajando en los últimos años. La obra, que plasma los rituales de una pareja que está a punto de contraer matrimonio por la iglesia católica, objetiviza una mirada dinámica que busca rastrear los momentos, rostros y gestos más importantes de cada acción. La banda sonora, a modo de paisaje abstracto, generan una distorsión entre lo que estamos viendo y lo que escuchamos, en un juego de luces y sombras que enuncian una tensión latente.

Lo cotidiano real se revela en la obra de Alejandro Ramírez Ariza despojado de belleza idealista, se muestra con sus paradojas, y existe tanto una poética de la memoria como del olvido. Ambas han sido escrutadas, construidas y enseñadas en el conjunto de su producción, dentro de una coherente evolución conceptual que culmina en su más reciente pieza: The Grove Walk. De nuevo, frente al universo de lo intrascendente de gran parte de la producción estética contemporánea, el artista busca cifrar algunas de las claves y los mecanismos que participan de la vida social contemporánea. La memoria, el paso del tiempo, la construcción de los afectos o el inexorable camino hacia la muerte son temas que se formulan desde una mirada autoreflexiva y crítica con respecto a los roles sociales y las tradiciones culturales. Como en los ejercicios de tránsito desarrollados en El camino más largo, la obra de Alejandro Ramírez Ariza es un tenso baile en la cuerda floja que siempre culmina en una fértil reflexión sobre su propia esencia como ser humano.

La entidad y densidad de la memoria contemporánea se ha impuesto con fuerza en las últimas décadas: en todas partes del mundo, a pesar de contextos políticos o culturales plenamente diferenciados, la relación con el pasado no solamente ha experimentado cambios estructurales importantes, sino que ha tendido también a unificarse y suscitar formas de representación colectivas y acciones públicas cada vez más semejantes. Este nuevo “régimen de historicidad globalizado”1 concierne fundamentalmente a la re-escritura del pasado nacional de un gran número de países y contrasta con un contexto, el del pensamiento posmoderno, que ha comprimido las grandes narrativas a favor del culto al instante. Es en este complejo intersticio donde se ubica la relación que con la memoria asume la individualidad, categoría subjetiva, única e irrepetible, que significa una existencia distinta y singular en el conjunto de la realidad.

Más allá del descrédito y el abandono actuales de la categoría de la individualidad y la irrupción del hombre-masa, la temporalidad sigue siendo un concepto inseparable, inherente y estructural en la constitución de la yoidad; la historia vital y la experiencia pasada están implícitas en el presente en forma de sentimientos, pensamientos o recuerdos. Es, por tanto, la vuelta sobre el pasado lo que permite afirmar y relanzar nuestro presente. La vivencia se constituye entonces como concepto clave en cualquier aproximación o estudio sobre el sujeto, mientras que la memoria es la vía mediante la cual reconstruir la narración vital. Así, el modo de comprender el sentido del yo sería de forma retrospectiva, mediante el retorno al pasado y el recurso a la narración como experiencia significativa en la que los individuos se construyen, de manera independiente, como tales.

Es la conciencia de esta relación entre sujeto y memoria la que estimula el trabajo de Alejandro Ramírez Ariza. Acontecimiento, suspense, desplazamiento, asociación, recuerdo, autobiografía, desesperanza, parecen ser axiomas operacionales que movilizan las claves internas de sus videos desde la necesidad de testimoniar que, para que exista un análisis profundo del yo, es necesaria una narrativa temporal. De este modo, él mismo se toma como individualidad sobre la que reflexionar, pero lejos de abdicar ante el hedonismo o la complacencia, se autoimpone una compleja red de posibilidades y significados.

Las trece piezas audiovisuales que componen la exposición Timeline son un recorrido experiencial y autobiográfico del propio autor que, dispuestas en un orden cronológico, forman una sutil escala de intensidades. Todas ellas reflejan un deseo de anclaje en un mundo caracterizado por una creciente inestabilidad del tiempo y por la fracturación del espacio en que vivimos. Consciente de que el individuo no solo recuerda, lo que implica selección y elección, sino que también olvida, Alejandro Ramírez configura el recorrido a través de micro-narraciones que, en su conjunto, configuran un collage que permite, dentro de su composición, los vacíos y las ausencias.

Por otro lado, Alejandro Ramírez evita la autoreferencialidad documental a través de una poetización que reelabora el acontecimiento y lo redimensiona estéticamente. El valor de esta acción reside en el alcance visceral de la transmutación que sufre su propia memoria cuando se convierte en hecho artístico. Ello confiere a su trabajo una dimensión que lo aparta del calco reproductivo o la recreación naturalista para ampliar la dimensión no solo formal sino también conceptual de su trabajo. A través del cuerpo y del retrato, de las relaciones humanas y de los espacios de politización del sujeto, nos muestra lo banal, lo ritualístico o lo trascendente del hecho cotidiano a través de un recorrido vital que, si bien parte de la escenificación de la vida del autor, alcanza un valor que supera lo anecdótico para encontrase en un horizonte simbólico de mayor alcance: los patrones conductales del ser humano. Así ocurre, con especial intensidad, en Gran Dilema (After Destroyed Room), que amodo de tableux vivant, se centran en el estudio de los roles domésticos y su naturaleza dramática, al tiempo que plantean juegos de significado que hacen referencia a un mundo intermedio entre la realidad y su representación.

 

 

El camino de la arboleda / Nerea Ubieto

 

 

El pensamiento compartido desemboca en un compromiso natural con nuestros semejantes; la cuestión estriba en salvaguardar esta libertad sin que ningún tipo de imposición perturbe la intencionalidad inicial. Ritos, cultos u otras tradiciones sociales pueden generar interferencias en un sentimiento honesto y desinteresado. ¿Qué grado de autenticidad existe en la ejecución de procedimientos que no hemos elaborado nosotros? Es una de las preguntas que se destila de La ceremonia, una película donde la ambigüedad y la acentuación de roles interpelan con agudeza al espectador.

Los gestos mecánicos son susceptibles de ser reelaborados para convertirse en actos creativos que nos definan propiamente. Podemos autorretratarnos, como ocurre en Ceci nést pas un rêve, mediante la selección de elementos, el compás de los ritmos o la intensidad de los colores. Toda experimentación es válida siempre que esté liberada de medidas y sea reflejo de las dudas sobre uno mismo: la vida no es un sueño emancipado de la conciencia, hay que cuestionarse dónde queremos llegar para que los deseos ocurran.

La búsqueda personal puede originarse más allá del yo reconociendo a la familia como unidad identitaria. Así, a partir del análisis del otro podemos obtener las claves para descodificar lo individual. Se trata de una guía que nos ayuda a rastrear lo inadvertido y desandar lo andado. El camino de la arboleda, The grove walk, es aquel quese hace por el desgaste, el que se produce al transitar atendiendo a nuestros anhelos y necesidades.

Alejandro Ramírez, lejos de realizar un trabajo autobiográfico al uso mediante una narración retrospectiva, traza una línea de tiempo en la que su vida personal y creativa coexisten acompasadas. El artista echa la vista atrás y descubre el surco dibujado entre los árboles. Siguiendo sus propios pasos con sutileza ahondará en uno de los grandes interrogantes del ser humano –en palabras de Nietzsche– «cómo se llega a ser lo que se es». 

Un soplo de viento repentino absorbe con ímpetu los desechos provocados por un suceso desconocido. En la obra After destroyed room la habitación queda perfectamente ordenada y la supuesta víctima desaparece, solo un tintineo reverbera en el espacio, listo para volver a ser llenado. ¿Acaso no podría ser una metáfora de la propia vida? En su desarrollo ocurren hechos significativos que definen una época, pero no tardarán en darse cambios que propicien otra nueva. Así se genera una estructura lineal, pero abrupta: a partir del hacerse y deshacerse,  alternando el orden con el caos. Lo único que permanece es el contenedor, recibidor de experiencias, cambiante perpetuo en su interior. De estos acontecimientos solo quedan tímidas huellas, rastros de épocas pasadas que son parte constitutiva de nuestro presente, bien sea a través de la memoria o de un poso imperceptible anidado en el subconsciente.

La gestión de nuestra existencia oscila entre las decisiones que tomamos libremente y las que dan respuesta a unas circunstancias inesperadas. «En un mundo en el que inevitablemente vivimos con un cierto grado de incertidumbre, donde las consecuencias de lo que hacemos o dejamos de hacer están más allá de la previsibilidad, no tenemos otro remedio que abandonarnos parcialmente a la suerte. Con nuestras acciones no hacemos mas que propuestas; su traducción en términos de éxito o fracaso escapa en gran medida a nuestro control» 1. Sin embargo, lo que sí podemos pulir es la forma de abordar el proceso: escogiendo la actitud, la compañía –en caso de necesitarla–, la longitud del trayecto, etc. A veces, elegir El camino más largo se justifica en un afán de superación o un interés por profundizar en los hechos, pero otras muchas solo supone una complicación absurda. Saber distinguir lo que nos conviene en cada momento es un conocimiento que solo nos provee la experiencia.

También de la mano del tiempo vivido aprendemos a abandonar la burbuja de ensimismamiento para hacer partícipe al otro, puesto que una vida autónoma no es posible sin mundo o contexto social. La pieza Slide muestra como trabajar en colectivo aumenta la potencialidad y musicalidad de nuestras actuaciones, mientras que, avanzando en soledad, cualquier actividad se paraliza notablemente.